jueves, 17 de mayo de 2018

Mini 17: Controla tus pensamientos catastrofistas.

“Últimamente tengo miedo a volar. Cuando cumplí quince años mi madre me llevó a Japón. Fue un viaje de chicas al que mi padre, siempre ocupado en los quehaceres de su empresa, no nos acompañó. Aquel fue mi primer vuelo. Nunca después volví a vivir unas turbulencias como aquellas, pero al ser las primeras, las tomé como algo normal. Ahora, apenas se mueve la cabina, cambia el ruido de los motores o simplemente se enciende la megafonía para que la tripulación hable con el pasaje, el surco del miedo recorre cada milímetro de mi cuerpo, siempre en tensión, en previsión de una catástrofe que nunca llega a ocurrir, pero que deja mi cuerpo con secuelas similares. Hubo tormenta para abandonar el aeropuerto de Dublín, el avión se meneaba más de lo normal, mientras las ventanillas se empañaban de gotas de lluvia, que se estampaban como filos de cuchillas por efecto de la velocidad. Yo intentaba distraerme atenazada en mi butaca. El cuello tenso, las manos sudorosas fuertemente agarradas a los reposabrazos y los pies presionados contra el suelo como si quisiera romperlo. Para distraerme, pensaba, a duras penas, en los maravillosos cinco días que había vivido junto a Ernesto.

El avión se movió más de lo habitual. Una mujer no pudo reprimir un grito y el bebé comenzó a llorar. Intercambié rostro de pánico con mi vecino de butaca mientras observaba cómo las azafatas volvían a sus asientos y se abrochaban el cinturón de seguridad. Algo va mal, pensé. Es el fin. Y me prometí, como tantas veces antes, que si salía de ésta, no volvería a coger un avión. El breve ruido de la megafonía que precedía a la voz humana apareció. Habló el Comandante, con voz serena aunque yo intentaba adivinar si bajo ese tono mil y una veces ensayado para dar seguridad al pasaje, se escondía un resquicio de inquietud o preocupación. Inspiré hondo, retuve el aliento del miedo durante cuatro segundos y expiré lentamente tal y como aconsejaba la revista la compañía aérea.
Volví a mis recuerdos. Las sacudidas del avión cesaron y no escuché ruido alguno. Dudé si los motores estarían funcionando o si, por el contrario la tormenta los hubiera estropeado. Los pilotos están preparados para aterrizar con un solo motor –pensé-. Claro, eso en el caso de que aún alguno funcionase. Vuelta a mi respiración, inspirar,…, expirar. Un impacto provocó que intentase levantarme sobresaltada de mi butaca, aunque lo impidió el cinturón de seguridad. En realidad, la sacudida se trataba del avión “acariciando” el suelo de Madrid y me sorprendió dormida.”

Introducción
Los analfabetos emocionales solemos creernos los engaños perversos de nuestra mente por reiteración, albergando las expectativas más nefastas en cualquier situación, o lo que es lo mismo, “padecemos de miedo a vivir”. De esta manera, si cogemos un avión tememos que se estrelle, si nuestro hijo se va de excursión proyectamos todos tipo de peligros en lugar de beneficios o si nos aparece una mancha en la piel la asociamos a un tumor maligno.
En general, cuando nos aborda un patrón de pensamiento negativo se caracteriza por la (1) reiteración del mismo o diferentes pensamientos que nos acecha de manera constante,  identificando peligros (2) improbables efecto de nuestro razonamiento (3) distorsionado de la realidad. Una de las mayores dificultades para combatirlos es la inconsciencia con la que nos abordan, dándoles absoluta credibilidad y no diferenciando entre pensamiento o ilusión y realidad.
Cuando nos aborda el pensamiento catastrofista entramos en una espiral de sufrimiento que, en ocasiones, puede terminar afectando seriamente a nuestro equilibrio emocional. Y es que, aunque estamos acostumbrado a entrenar nuestro cuerpo para enfrentarnos a retos físicos o intelectuales, no lo estamos en absoluto para enfrentarnos a baches emocionales. De la misma manera que estudiamos para afrontar un examen de cualquier índole, deberíamos de prepararnos para enfrentarnos al pensamiento catastrofista. Pero, desgraciadamente no hemos creado ni la cultura social ni educativa para que esto sea así, dejando los problemas emocionales en manos de la suerte o del buen hacer autodidacta de cada uno.
Los sabios emocionales también proyectan escenarios catastrofistas, pero en cambio, (1) disponen de la habilidad de hacerlos conscientes, es decir, identifican el pensamiento individualmente para analizarlo. (2) En general, concluyen que está distorsionado, es exagerado, o la probabilidad de que realmente suceda es mínima. (3) Se enfrentan a ellos mediante la acción. Así, si aparece una mancha en la piel consultan a su dermatólogo o cuantifican mediante estadísticas la probabilidad de que ocurra un accidente aéreo. (4) Se centran en el momento presente, intentando disfrutar al máximo de lo que está ocurriendo y no temiendo por lo que podría llegar a ocurrir.
Reflexión
Y tú…¿encuentras patrones de pensamiento negativo habitualmente? ¿eres capaz de atraparlos conscientemente? ¿qué ocurre cuando los sustituyes por otros más racionales?

Para saber más
Identificar el pensamiento catastrofista no es suficiente para superarlo. Es necesario analizarlo, esclarecer la distorsión que lo fundamenta y sustituirlo por otro más racional. En este sentido, puede ser una guía útil los trabajos de los padres de la terapia cognitiva, Albert Ellis (Ideas irracionales) y Aaron Beck (Distorsiones cognitivas) ya recomendados en el Mini 2: La felicidad depende deuno mismo.

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