jueves, 19 de abril de 2018

Mini 13. Sé honesto con tus prioridades de vida.


Mamá me ha dejado sentada en mi hamaquita, en el centro del salón, sobre la alfombra de pelo alto y de innumerables colores que tanto me gusta. Me esfuerzo por alcanzarla pero el arnés de seguridad me lo impide. Desisto pronto y reparo en la entrada de luz por la ventana, preludio de los primeros rayos de Sol de la mañana que debe de estar a punto de aparecer. Mamá pasa una y otra vez por delante de mí a la velocidad del rayo. Se afana en sus quehaceres diarios, una y otra vez repetidos día tras día. La oigo resoplar en silencio aunque dudo que sea consciente de su propio fastidio. A veces se detiene y gira ligeramente su cabeza para sonreírme y otras, las más, atraviesa fugazmente mi campo de visión, sin ni siquiera advertir los pucheritos que una y otra vez repito para llamar su atención. Me entretengo con un sonajero que cuelga por encima de mi cabeza. Lo golpeo uno y otra vez y sus ruidos melódicos me distraen mientras espero a que mamá se siente junto a mí.
Ha transcurrido ya algún tiempo a tenor de la luz que ahora sí llena de energía la estancia. Entonces sé que mamá vendrá pronto, aunque temo que ocurrirá lo mismo de todos los días. Mamá, con infinita paciencia y dulzura, me desviste, me cambia mi pañal y me vuelve a vestir. Me ofrece el biberón que tomo si rechistar. Me incorpora y me pone sobre su hombro para facilitar la expulsión de los gases. Intento resistirme porque sé que ella, tan pronto como lo haga se irá. Pero es inevitable.
Ya hemos alcanzado casi el final de la mañana. Campo alegremente por la alfombra de pelo largo y me entretengo con un espejito de juguete donde veo mis caras deformadas que desatan alguna que otra carcajada. Mamá continúa pasando fugazmente delante de mí. Me pregunto si algún día comprenderá lo divertido que es jugar conmigo en lugar de lo tremendamente aburrido que es simplemente cuidarme.”

Introducción
Los analfabetos emocionales nos pasamos la vida fingiendo respetar unas prioridades de vida imaginarias, mientras que en la práctica actuamos de una manera bien diferente. La pareja, los hijos, los amigos y el cuidado de la familia y de los seres queridos siempre aparecen en los primeros puestos de nuestro pobre ranking inventado, mientras la realidad, bien diferente, nos ocupa en quehaceres distintos, en el servilismo a la compañía que nos emplea, en la dedicación a una relación que no deseamos mantener más o en compromisos sociales muy alejados de nuestros intereses. Si somos honestos, nos daremos cuenta de lo habitual que es sorprendernos pensando y preocupándonos por aspectos que poco nos interesan, en el fondo, para el discurrir de nuestras vidas.
Algunas semanas atrás os hablé de Mark Stevenson y sus “Principios pragmáticos de Optimismo”. A lo largo de la entrevista que os compartí, Mark reflexionaba sobre que “no somos lo queremos ser, sino que somos lo que en realidad hacemos”. Rescato esa reflexión porque es justamente un principio de vida fundamental. La de tiempo que empleamos en ser quien no queremos ser y la de tiempo que perdemos en ser quien en realidad no nos gustaría.
Quizá lo más doloroso de actuar como quien no queremos ser, es la larga lista de justificaciones con la que nos sermoneamos internamente para, por ejemplo, pasar largas jornadas en el trabajo fuera de nuestro horario laboral. Justificaciones para perpetuar una vida de sinsabores maquillados de falsos placeres. Con un poco de práctica es relativamente sencillo apreciar la disfuncionalidad de nuestras prioridades imaginarias y las reales. Somos personas alto rendimiento y responsabilidad, pero más por necesidad de aprobación social, por cultura o herencia de lo aprendido en el sistema educativo que por propio convencimiento. Y al final, los quince minutos de juego consciente (sin distracciones mentales) con nuestros hijos, la lectura de la novela que nos apasiona, preparar una pequeña y cotidiana cena especial a nuestra pareja o simplemente “perder” quince minutos caminando por el parque del barrio, pasa y pasa por delante de nuestras “ocupadas” jornadas sin convertirse en realidad. Porque cuando los sabios emocionales hablan de prioridades en su vida se refieren a esto, a las pequeñas cosas que les hacen grandes y les permiten disfrutar con plenitud de sus vidas.
Priorizar no es un ejercicio fácil, pero a estas alturas, en mi mini 13, creo que hemos alcanzado la madurez necesaria para advertir que crecer emocionalmente no es sencillo y requiere de dedicación, constancia y entrenamiento diario, probablemente tanto tiempo como nuestra vida sea precisamente eso, vida.
Priorizar significa (1) ser sinceros con nosotros mismos y reflexionar o meditar sobre nuestros comportamientos diarios para advertir cuan lejos están de nuestros sistema de prioridades. (2) Adicionalmente, es necesario cuestionar la creencia que sustenta esta manera de actuar distinta a nuestro esquema de priorización. (3) Se requiere un plan concienzudo y concreto para ir cambiando las dinámicas diarias hasta que nuestras actividades confluyan con nuestros intereses.
Los sabios emocionales, también presentan tensiones entre sus actuaciones y sus prioridades, pero disponen de la habilidad de hacerlas conscientes para tratar de volver lo antes posible aquello que llena de significado sus vidas.

Reflexión
Y tú…¿qué sistema de prioridades tienes? ¿actúas de acuerdo a él? ¿justificas la desviación entre tu comportamiento real y tus prioridades en la vida? ¿qué creencia descansa detrás de esta justificación? ¿es racional esta creencia? ¿puedes sustituirla por otra más alineada con tus preferencias reales?


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