jueves, 12 de abril de 2018

Mini 12. Bye, bye, seguridad


Gervasio Tocafuente llevaba toda una vida trabajando como administrativo en una compañía de la industria láctea. Su jefe, don Dionisio, había estrenado y avanzado el siglo XXI con un estilo rancio de gerencia más propio de mediados del siglo pasado, donde la relación se basaba en el ordeno y mando. Desde que Gervasio tiene uso de razón, nunca había visto a don Dionisio acudir al trabajo sin uno de aquellos trajes, oscuros en invierno y claros a partir del mes mayo. Aún hoy en día el aroma de los puros se deslizaba bajo la puerta de su despacho y Gervasio lo imaginaba aspirando uno de aquellos habanos mientras lo rodeaba con su mano, sus dedos y el anillo a modo de sello con sus iniciales grabadas.
Después de más de treinta años trabajando allí, Gervasio aún temía a don Dionisio. En realidad, temía algo que le pudiera disgustar y que terminase por despedirlo. Pero, era ahora, cuando apenas faltaban tres años para su jubilación, cuando el miedo se había disparado. Últimamente, Gervasio tenía problemas para conciliar el sueño, su mujer lo percibía distante e irascible y parecía eternamente preocupado. Gervasio, que nunca había dicho que “no” a una nueva tarea propuesta por don Dionisio, revisaba escrupulosamente sus informes tras elaborarlos, incluso la parte que habían realizado sus compañeros, sin que ellos lo supieran, por si ello pudiese comprometer su reputación.
Aún cuando no tuviese trabajo, Gervasio llegaba a la oficina antes y salía más tarde que don Dionisio. Sin embargo, aquel día, ya pasaban de las nueve de la noche y el aroma de los puros continuaba saliendo del pequeño despacho del gerente. Gervasio, se acercó y golpeó suavemente la puerta con sus nudillos
-Don Dionisio, ¿se puede? ¿necesita usted algo?
Lo invitó a pasar y sentarse en una de las sillas que lo enfrentaban en su mesa. Aún transcurrieron algunos instantes, tal vez minutos mientras Dionisio revisaba y firmaba algunos documentos. En algunos de ellos, adicionalmente, realizaba algunas anotaciones en lo márgenes. Parecía una tarea rutinaria y sin mucha importancia. Una vez concluida, Dionisio alzó la vista hasta fijarla en Gervasio, aspiró profundamente el Habano y comenzó.
-Gervasio, ¿cuántos años lleva conmigo? –formuló la pregunta en modo retórico- Mañana voy a ofrecer un anuncio a toda la organización, pero creo que su fidelidad bien merece el adelanto. Me voy. He vendido la empresa. Usted sabe que mis problemas de salud en los últimos tiempos no me permiten encargarme de todo esto como debería. Vendrá un grupo extranjero. Ellos se harán cargo. Planean profesionalizar todo esto. Como si usted y yo no fuésemos profesionales. Se han comprometido a mantener la plantilla…pero…en fin…mi buen amigo Gervasio…nosotros ya sabemos cómo son estos grupos…tienen ideas nuevas…equipos jóvenes…otra formación…otra manera de trabajar. Gervasio, entiéndame, no puedo hacer otra cosa. Es la empresa o mi salud. Le cuento todo esto porque le aprecio, porque merece conocer la verdad y, para que en la medida de lo posible, se anticipe a un eventual despido. Lo siento.”

Introducción
Si algo nos define a los pobres emocionales es nuestro obstinado deseo por controlar la realidad. Los analfabetos emocionales, en nuestra inocente arrogancia, esperamos un devenir de las cosas concreto y único según nuestras caprichosas expectativas. Construimos un ideal de futuro, un sueño, y limitamos nuestra felicidad a que se cumpla. Es entonces cuando la incierta realidad se ciñe sobre nosotros atormentándonos, realidad oscura y conspiratoria, para invadirnos con la pesadumbre y las preocupaciones.
El círculo vicioso del sufrimiento en el que caemos los pobres emocionales al intentar controlar la realidad sería tal que así. Primero, generamos una expectativa, p.e: “he reservado una semana de vacaciones en la playa y toda la familia debe de llegar en perfecto estado de salud para poder disfrutarla al máximo” o “he reservado una semana de vacaciones en la playa y necesito un Sol radiante para poder disfrutarla al máximo”.
A continuación, y créame que mis pobres emocionales saben bien de lo que hablo, aparece el miedo. Al sueño le sigue el miedo. “Ej: ¿Y si no hace Sol?” o “María siempre se pone enferma, seguro que nos da las vacaciones”. Es entonces, cuando surge la empecinada obstinación de la que os hablaba al principio para controlar la realidad, adoptando medidas preventivas exageradas. Una medida preventiva es exagerada cuando el incremento de seguridad que ofrece es marginal. La más absurda, en el caso del Sol, sería la consulta diaria y obsesiva del parte meteorológico. En el caso de María, la niña “propensa” a los catarros, sería abrigarla en exceso, evitar que el consumo del helados, vigilar excesivamente los baños en la piscina y las corrientes, etc.
Pero claro, todas estas medidas siempre nos parecerán pocas, insuficientes, porque es imposible controlar las millones de variables que acontecen en la realidad y que no dependen de nosotros. Y será esa sensación incapacidad o impotencia la que nos genere ansiedad y sufrimiento, llevándonos en el extremo a adoptar más medidas preventivas exageradas y conformando un círculo vicioso de sufrimiento propio y para aquellos que nos rodean.
Los sabios emocionales, indudablemente, también construyen expectativas y sueños sobre su futuro, pero a diferencia de los Pobres Emocionales, son meros deseos, conscientes de que su cumplimiento no está garantizado. Son conocedores de que pueden acontecer realidades que están fuera de su control y por lo tanto, trastocar su planes. Saben que un futuro tal y como lo han planeado es prácticamente imposible de que suceda. Por lo tanto, están preparados para adaptarse a las diferencias entre expectativas y realidad y continuar siendo felices.
Por ejemplo, retomando el ejemplo anterior, los sabios emocionales pueden desear Sol en su semana de playa, pero no limitan el éxito de sus vacaciones a esto. Sería absurdo puesto que no lo controlan. Así, si uno o todos los días se nubla, podrán realizar planes alternativos y obtener un nivel de disfrute razonable. Los sabios emocionales saben que por mucho que miren la previsión del tiempo no conseguirán cambiarla y, por lo tanto, dejarán de preocuparse, más aún cuando sabe que podrán ser felices incluso si el tiempo no acompaña. De igual manera, si María se resfría o se tuerce un tobillo, aún así tienen la seguridad de que podrán idear alternativas que les produzcan placer.
Los sabios emocionales adoptan medidas de precaución racionales para procurarse un nivel de seguridad razonable, pero evitan adoptar medidas irracionales cuya contribución al aumento de seguridad es marginal.
En definitiva, los sabios emocionales tratan de adaptarse y aceptar la realidad en lugar de pretender controlarla.
Reflexión
Y tú…¿te preocupas por aquello que está fuera de tu control? ¿eres capaz de idear planes alternativos cuando expectativa y realidad no coinciden? ¿qué resultados cosechas cuando eres capaz ser razonablemente feliz cuando te adaptas a los cambios que no están bajo tu control?

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