jueves, 22 de febrero de 2018

Mini 7. Afronta el miedo

Introducción
Dobló la calle Goya con la expresión desencajada, tensa y ausente, como venida de otro mundo, o como si estuviese a punto de abandonarlo. Llevaba a los gemelos, cogidos bien fuerte, uno en cada mano, queriendo sujetarlos a la estaca de la seguridad, del control absoluto. Gritó “cuidado” al pararse en el semáforo en rojo, a pesar de que los niños continuaban dócilmente a su lado y en tercera fila para disponerse a cruzar. Cuando alcanzaron el parque los soltó, a regañadientes, y permaneció sentado, emitiendo sonidos de precaución mudos y levantándose de manera compulsiva cada vez que temía por la seguridad de los pequeños, es decir, cuando estaban en lo alto del tobogán, cuando pasaban por detrás de un columpio o cuando el balancín subía y bajaba cumpliendo el plan para el que había sido diseñado. De siempre, al menos desde que tiene recuerdo, su vida fue así, un flujo de preocupaciones cambiantes y constante.
Lo sacudió de sus pensamientos, de sus catástrofes inventadas, de sus malos augurios, una ligera brisa del este que campaba a sus anchas por la calle O´donell. Enseguida sacó los jerséis, temiendo que aquel contratiempo pudiese dar al traste con las vacaciones de Semana Santa. Nada más inoportuno que un catarro en esta época. Los resfriados en Abril se transforman en neumonía con una facilidad pasmosa. Y entonces, como un automatismo que no se sabe muy bien cómo funciona, temió por su salud, por su integridad, y vislumbró todas las enfermedades respiratorias que conocía, que eran muchas, y se sintió pequeño, indefenso y desprotegido. Su desasosiego fue creciendo hasta que la sombra del cáncer de pulmón se cernió en su cabeza para no abandonarla. Sus manos empezaron a sudar, el pulso se le aceleró y se tornó si cabe más irascible con los juegos, las “locuras infantiles” de sus hijos. Y así, sin más, preso de su pánico inventado, decidió que la mañana de parque había terminado con aquellos escasos veinte minutos, pero que a él le habían parecido toda una vida. Apagada la llama de aquel fuego, su cabeza no pararía de arder y poco tardaría en deleitarse con otra película de terror no apta para pobres emocionales.
Los analfabetos emocionales sufrimos en mayor o menor medida el pánico de vivir que, además, tiene la característica de extenderse tan poderosamente como una mancha de aceite. El miedo está en todas partes y en realidad, sólo está en nuestra cabeza. Miedo a que nos despidan, a enfermar, a que les ocurra algo a nuestros seres queridos, a ir al colegio, al desengaño, a la soledad, a cambiar de trabajo, a emprender un nuevo negocio, a vender un producto, a conocer a gente nueva, a ir al cine sólo, a pasarlo bien, a sufrir, a quedarse sin dinero, a quedarse embarazada, a no quedarse embarazada, al jefe … Miedo y más miedo que condiciona nuestra vida cotidiana. El miedo, cuando es limitante, nos impide acometer multitud de proyectos que nos gustaría llevar a cabo, por un exceso de precaución no racional.
Cuando analizamos una situación condicionada por el miedo, por ejemplo, ir al colegio, siempre descansa detrás de ella una creencia limitadora. En este caso, podría ser “temo no ser capaz de cuidar de mí mismo si algo malo ocurriese”, “no soy competente y fracasaré” o “soy torpe y a nadie le pareceré interesante”. Es importante señalar que, en general, estas creencias están en el plano subconsciente. Adicionalmente, más allá de estas creencias limitadoras, se sitúa la sensación de no poder enfrentarnos a las consecuencias del hipotético riesgo que corremos. “Si no soy capaz de cuidarme, algo atroz me ocurrirá y no seré capaz de soportarlo”…, “Seré el hazmerreír por comportarme con torpeza y viviré sólo y apartado”…”si fracaso nunca encontraré un trabajo y seré incapaz de vivir una vida plena y feliz”. En definitiva, el miedo de enfrentarse a una situación se sustenta en una creencia limitadora y en no ser capaz de enfrentarse las consecuencias derivadas de que nuestros temores se hagan realidad.
Los sabios emocionales por supuesto que también sienten miedo, pero en lugar afligirse y evitar la situación “de riesgo”, adoptan una serie de estrategias:
1.     Son conscientes de su miedo y de que habita únicamente en su interior, puesto que no es adaptativo como por ejemplo enfrentarse a un león. Así que su control sólo depende de ellos.
2.     Tratan de traer al plano consciente la creencia que descansa detrás de este miedo, para cuestionarla, rebatirla y sustituirla por otra más adaptativa. Por ejemplo, en el caso del miedo a ir al colegio, podríamos pensar de una manera más adaptativa: “Si cometo errores en clase, estará genial porque son imprescindibles para aprender y crecer”. Adicionalmente, continuaremos preguntándonos por las consecuencias ¿realmente son tan catastrofistas como pensamos? ¿qué probabilidad existe de que se cumplan? Y si llegan a ocurrir, ¿cómo podríamos mitigarlas o suavizarlas? “No me gustaría que nadie se riese de mí, pero si alguien lo hiciese, cosa que dudo, aun cuando no me aceptase, podría soportarlo y por supuesto que seguiría siendo feliz”. Si dejamos de temer las consecuencias, por exageradas, poco probables y porque aun si se dieran podríamos soportarlo y seguir siendo felices, estaremos más preparados para enfrentarnos a la situación temida.
3.     Por último, no hay varitas mágicas ni recetas sencillas, nuestros sabios emocionales saben que el miedo sólo desaparecerá cuando se enfrentan a él de manera rutinaria. Aún así, son conocedores de que plantarle cara al miedo es la mejor opción, ya que el malestar provocado por evitar la situación será superior al de afrontar la situación de riesgo.
Debemos de ser conscientes de que todos sentimos miedo cuando nos enfrentamos a un desafío que nos hace crecer. De hecho, experimentar miedo, de alguna manera es un indicador de que algo bueno esconde, algo bueno que está detrás de él, que nos impulsa más allá de nuestra zona de confort y, esto mismo debe actuar como un incentivo. Enfrentarse a nuestros miedos es caminar desde el dolor y sufrimiento hacia el poder, entendido como el control del camino que hemos trazado para nuestra vida.

Reflexión
Y tú…¿a qué temes? ¿te habías parado a pensar que tu vida cotidiana está permanente condicionada por el miedo? ¿qué creencias las sustentan? ¿es limitador tu miedo? ¿por qué? ¿qué te impide acometer aquello que desearías? ¿eres capaz de discutir y sustituir tus creencias? ¿son tan terribles las consecuencias que esconden tus miedos? ¿qué podrías hacer si se cumplen las profecías de tus miedos para minimizar las consecuencias?

Para Saber más
Para saber más sobre el miedo os recomiendo un libro clásico de la psicología moderna; concretamente los cuatro primeros capítulos “Aunque tenga miedo, hágalo igual” de Susan Jeffers.

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