jueves, 25 de enero de 2018

Mini 3. Responsabilízate. Escribe el guión de tu propia vida.



Fragmento

“Martín. Septiembre 1991.
Manu es bastante persuasivo. Evitar salir a tomar unas copas la noche del domingo en el que Lorena me abandonó, era poco menos que imposible. Miré el reloj cuando salíamos del metro de Callao. Faltaban unos minutos para las once de la noche del día más triste del mundo. Seguía vivo, eso sí, sin ningún daño físico o enfermedad aparente. No había sufrido ningún accidente, ninguna catástrofe natural u otra desgracia. No me había dado un ictus, ni un edema. No presentaba síntomas de intoxicación, ni envenenamiento. No había sido víctima de una paliza, ni de un asalto con violencia. No presentaba cortes, ni hemorragias, ni síntomas malignos de ningún tipo. Pero aun así, la vida era una mierda.
La cosas son según el prisma por el que lo mires, y el mío, de siempre, estuvo estropeado. Nunca vi la jarra medio vacía, sino completamente vacía. Nunca aposté por mí, nunca me sentí caballo ganador. Por eso, seguramente, Lorena siempre estuvo muy lejos. Lo de lo la otra noche no fue más que la confirmación de una derrota ya anunciada. Entumecido por las lágrimas de la tristeza, arrugado, encorvado, hecho bola en mí mismo, seguía a Manu más por apatía o por simpatía, según se mire, que por convencimiento. Él, desde el asiento del metro, nunca se lo agradecí lo suficiente, había estado tirando del carro, mi carro, como si fuese el suyo propio, con tal determinación que pocos, no era mi caso, se hubieran podido resistir. Le había escuchado todo el camino lo divertidos que eran los domingos por la noche de copas, lo mucho que se ligaba, lo absurdo de mi berrinche por “La Rubia”, la multitud de bombones que había en Madrid y un sinfín de comentarios estereotipados más dispuestos a socorrerme. Yo, como quien oye llover. Lorena arrugaba una y mil veces su pequeña nariz de botón en mi cabeza. Imposible abandonarla, a ella y a su vestido marrón de la última noche, desfilando, contorneándose delante de mí. El descontrol me sobrevenía de vez en cuando, iba y venía, intercalando pequeños momentos de tímida lucidez. Mis ojos se nublaban de ella, del último abrazo, de su perfume, de las caricias de su pelo en mi cara, de la suavidad de sus mejillas en las mías, de mis brazos sintiendo la firmeza de su cintura, de mis manos apretadas en las suyas. Todo aquello, todo, iba mermando mi aliento, mi aire y mi vida a su antojo, muñeco de trapo en sus manos, pozo de sus deseos, ceniza de sus llamas, conjuro de brujas, hechizo sobrenatural, veneno mortal. Abrazos de judas, palabras de víbora, mentirosas, perversas y hasta deshumanizadas. Ya no veía y era por ella. Ya no sentía y era por ella. Ya no vivía y era por ella.”

Introducción
Los analfabetos emocionales adoptamos una actitud victimista e infantil ante los sucesos de la vida, dejando en manos de ésta la “desgracia” de nuestro dantesco destino. En artículos anteriores reflexionamos sobre que no es la realidad la causa de nuestro sufrimiento, sino la interpretación que realizamos de ésta. Y también la importancia de aceptarla, siendo aceptar “sinónimo” de comprender. En este artículo hablaremos de nuestra co-responsabilidad en el devenir de los acontecimientos. Nuestra reacción más primitiva es victimizar y culpabilizar a los demás. Así dejamos nuestras desgracias y su solución en manos ajenas. Pero lo cierto, es que en casi todo lo que nos ocurre somos co-responsables, nosotros elegimos este trabajo y no otro y también, permanecer en él, por ejemplo. Una vez aceptada la realidad, cuando esta no es favorable a nuestros intereses, se nos plantean dos alternativas. Si podemos modificarla, actuar y dirigir así nuestro destino (en lugar de adoptar una postura plañidera) o, en su defecto, adaptarnos a la situación que no podemos cambiar. Esto ciertamente, desde mi punto de vista, es mucho más sano emocionalmente que perturbarse porque el mundo y las personas son como son. La justicia no existe o es subjetiva, así que revindicar lo que nosotros creemos justo no sólo es inútil, sino que dependerá del criterio de quien lo juzgue. Actuar o adaptarse y no quejarse implica tomar partido, responsabilizarse y conducir a través de nuestro propio camino recogiendo unos resultados mejores que permanecer inmóvil culpabilizando a todo y todos. La queja es inútil y el lamento vacío.
El cambio de paradigma en la búsqueda de la piedra filosofal de la felicidad se produce cuando eres capaz de mirar a tu interior y no al “cruel” exterior que nos hiere con sus afiladas garras, cuando comprendes que eres co-creador de tu propia realidad, que has llegado hasta aquí por tus propias decisiones, y son éstas las que te pueden llevar a cualquier otro lugar. Nada ha cambiado, he cambiado yo, y todo ha cambiado. Asumir las responsabilidad, por lo tanto, implica una gran dosis de humildad y valentía, para enfrentarse a lo miedos, a los fantasmas internos, en lugar de a los de los demás, cuestionar nuestra valía, quitarnos nuestra máscara social, y cualquier otra artimaña que utilizamos para recoger el sucedáneo de felicidad de sentirnos queridos y protegidos por los demás.
En mis talleres dirigidos a la fuerza de ventas abundan los factores ajenos de todo tipo cuando se trata de explicar el descenso de las ventas. Siempre recomiendo a los participantes que al realizar un análisis que cuestione su propia valía y desempeño, cojan un papel y tracen una línea. A la izquierda deben situar los elementos por los que han caído las ventas y sobre los que ellos tienen escaso control. Les pido siempre que comiencen por éstos porque es más sencillo, desahoga y tranquiliza. A continuación, solicito que se concentren en la parte derecha, lo que sí depende de ellos realizándoles la siguiente pregunta, ¿de verdad que no habéis influido de ningún modo en los resultados? ¿no hay nada que podáis cambiar para mejorar? Rendidos ante la evidencia, comienzan a rellenar también la parte derecha de la hoja. Por último les cuestiono, si quiero cambiar las cosas, ¿dónde me tengo que concentrar? ¿en la parte izquierda que no controlo o en la derecha que sí controlo? Tenemos la oportunidad de aprender de nuestros errores y mediante acciones concretas y medibles podemos intentar cambiar la realidad a nuestro favor. No se trata de fustigarse, todo lo contrario, se trata de aprender y comprender para cambiar la situación de la que normalmente sólo nos quejamos. Esta sencilla técnica podemos aplicarla a casi todos los ámbitos de la vida.

Ejemplo
Pero veamos todo esto con un ejemplo. Imaginemos a nuestro vendedor que ve cómo disminuyen las ventas de su zona. Cuando es preguntado por los motivos, señala las carencias del sistema informático. Sin embargo, el responsable de informática cree que el problema está en la fuerza comercial que tiene un escaso conocimiento del producto. Ninguno de los dos acepta la realidad, ni la comprende. Por lo tanto, todo sigue igual y las ventas continúan descendiendo.
Una estrategia alternativa hubiera sido que la parte comercial entendiese que algo tenía que mejorar en el conocimiento de producto para vender más y el responsable de informática comprendiese que algunas mejoras técnicas influirían en las ventas. Si ambos se hubiesen centrado en su ámbito de responsabilidad diseñando estrategias de mejora, al menos tendrían más posibilidades de haber mejorado los resultados. Asombrosamente simple, pero tremendamente inusual. ¿Cuántas personas conocemos que identifican sus errores e inmediatamente se ponen a trabajar sobre ellos? Qué simple, qué difícil y cuánto nos cuesta.
Este mismo vendedor, tras la charla con su jefe, se va a tomar un café con un compañero. Le falta tiempo para cargar contra su jefe, el responsable de informática y la empresa. Incluso, no teniendo suficiente, culpa a la crisis, los bancos y el gobierno por la precaria salud laboral del país, que le impide encontrar otro puesto de trabajo. Una vez más, aflora el victimismo, pensando que son los demás los culpables de su situación y los responsables de solucionarla. En cambio, no repara en que más o menos acertadamente fue él el que dio los pasos para tener el trabajo que tiene y él mismo podría buscar otra alternativa de empleabilidad por cuenta ajena o montando su propia empresa, por ejemplo. ¿Se ha parado a pensar cuales son sus virtudes naturales y cómo potenciarlas y ponerlas al servicio de todos? Y si en realidad creo que no, que no es posible modificar la situación laboral a corto plazo, entonces, ¿la está aceptando? ¿está aceptando aquello que no puede modificar? ¿qué resultados consigue perturbándose por algo que no puede modificar? ¿realmente su perturbación procede de la realidad o de los pensamientos que él mismo tiene acerca de la realidad? ¿realmente es su trabajo tan malo y perverso como se está diciendo? ¿podría enumerar más de diez cosas positivas acerca de su trabajo?
En conclusión, La vida es un equilibrio entre aceptar lo que no podemos cambiar y actuar allí donde podemos, en lugar de quejarnos y por lo tanto sufrir por ella. Responsabilizarse de unos mismo significa comprender lo que nos ocurre y tomar partido para dirigir nuestra vida, evitando conductas plañideras, culpando y esperando que otros resuelvan nuestros problemas. Responsabilizarse es dejar de quejarse porque el mundo es como es. No todo lo que se afronta puede ser superado, pero lo que es seguro es que lo que no se afronta, nunca será superado.

Reflexión
Y tú…¿qué cosas puedes y no puedes controlar en tu día a día? ¿estoy adoptando una estrategia responsable sobre aquello en lo que puedo influir o plañidera e infantil culpando a los demás de mis circunstancias? ¿qué resultados cosecho en uno y otro caso?

Para Saber más

Al igual que con los artículos anteriores, la bibliografía de Responsabilizarse de uno mismo es prolija. Sin embargo, y a pesar que no sólo se circunscribe al ámbito de la responsabilidad personal, para este texto he escogido un vídeo de VíctorKuppers denominado Actitud. Son veinte minutos sencillamente geniales.

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