martes, 9 de enero de 2018

Mini 1. Aceptar la realidad. “Haz el amor y no la guerra con tu realidad.”

Fragmento emocional
“Martín. Septiembre 2010.
Creo que nunca fui feliz. Quizá antes de conocerla a ella, puede ser, quién sabe, pero al menos yo no lo recuerdo. Mi vida es una pesada mochila que arrastra sus recuerdos. Los tristes, crueles; los felices, aún más. La conocí sólo unos meses, de Septiembre a Diciembre de un año en el que era bastante más joven. Las mañanas son peores que las tardes. Las tardes son peores que las noches. La Primavera es peor que el resto de las estaciones. Lecciones aprendidas, tristeza acumulada, episodios de la misma novela. Tanto de lo mismo que lo distinto sería extraño, inquietante, poco fiable, un espejismo, una farsa, una ilusión. Sería simplemente mentira. Yo vivo así y esta es mi vida.
Me llamo Martín. Martín “el loco”. Perdí el juicio por amor, pero de eso hace ya algunos años. Luego vino la depresión, o tal vez fue antes, o quizá todo ocurrió a la vez.

Mi casa está al borde del acantilado. En otro estilo esta también es una casa de fantasía, de película, como lo era la suya, junto al Palacio Real, en Madrid. Desde aquí veo los límites de mi propia isla, es decir, de mi vida, y el mar, inmenso, que me encierra, pero a la vez me libera del resto, de la realidad, del sufrimiento. Vivo en un faro sin farero. Sólo queda su soledad. Un faro apagado, extinguido, vacío, desprovisto. Un faro que ya no es brújula de pescadores, ni guía de mercantes, ni tan siquiera farolillo de enamorados. Sucumbió en un capricho, el de su nuevo dueño, que lo arregló para convertirlo en refugio de turistas snob de fin de semana y, de un tiempo para acá ni eso, por lo inhóspito del lugar, por el viento incesante que todo lo interrumpe, que todo lo cambia, por el difícil acceso a pesar de su cercanía al pueblo, o simplemente por la melancolía del farero, por sus recuerdos, sus cuadernos de anotaciones olvidados en un pequeño despacho que tiene un pupitre de madera, una y otra vez barnizado, desde donde se ve el mar, por el transistor de la cocina del que ya no sale ninguna voz las tardes de fútbol de los domingos, por el florero de la mesa de centro del salón, que tiene unas flores que ya nadie riega, ni cambia, ni tan siquiera retira. Por sus revistas antiguas apiladas ordenadamente en un rinconcito del pasillo, de automóviles, del corazón, de cocina y hasta de manualidades. Por un sinfín de diminutas reliquias que aún se conservan como si fueran parte de un museo, museo de la melancolía, que contagia a quien se deje y también a quien no se deje contagiar. Un lugar olvidado para quien quiere olvidar, un lugar muerto para quien se siente sin vida. Esta casa, este faro, es un sitio perfecto, es mi sitio.”

Introducción
Los analfabetos emocionales partimos del razonamiento errado de que la realidad, nuestro mundo y nuestros intereses deben de ser como a nosotros nos gustaría que fuesen, satisfacer nuestros anhelos de manera continua, y actuamos así, de manera victimista, infantil y caprichosa. Esto sucede en nuestro plano inconsciente y subyace de nuestro condicionamiento primitivo de supervivencia cuando éramos niños, en la época en la que llorábamos para demandar amor o alimentos. Pero lo cierto es que la realidad es como es, y no hay ningún motivo racional para que sea de otra manera. Interiorizar y tomar consciencia de esto provoca un verdadero cambio de paradigma.
Cuando no aceptamos la realidad, la estamos negando y, por lo tanto no podemos combatirla. Aceptar la realidad significa comprender lo que sucede, independientemente de si es positivo o no para nuestros intereses. Aceptar no es resignarse. Aceptar y comprender es clave porque nos permitirá modificar nuestras estrategias para afrontar el nuevo escenario de manera eficaz. Por lo tanto, aceptar es comprender, adaptarse y actuar de acuerdo con el nuevo entorno para conseguir resultados más satisfactorios en sintonía con nuestras preferencias o necesidades. Aceptar es entender y modificar.
Una actitud de no aceptación implica no reconocer, guerrear, luchar o perturbarse contra lo que es, de la misma manera que un niño llora cuando tiene hambre intentando que sus padres se hagan cargo de sus necesidades. Pero en el mundo de los adultos ya no hay biberones que lluevan del cielo. Lo que no aceptas, no existe y, lo que no existe no lo podrás combatir, perpetuando siempre los mismos resultados.
Si reflexionamos un poco, caeremos en la cuenta de grandes sucesos en nuestra vida que nos cuesta aceptar, un desengaño, un despido, una separación, la muerte de un ser querido… Sin embargo, en la realidad cotidiana existen muchas situaciones tóxicas que no aceptamos y que nos causan enorme perturbación. Un atasco, una respuesta “inadecuada” en el trabajo, la avería del agua caliente, un inoportuno chaparrón, una enfermedad común antes de las vacaciones, el retraso de un vuelo,…Aceptar esta realidad como parte inevitable de la vida es la clave para lidiar con la frustración y la perturbación.

Ejemplo
Pero veamos todo esto con un par de ejemplos. Vamos a imaginar un vendedor que se dirige al trabajo en su automóvil. A mitad de camino el coche se avería y deja de caminar. Sería absurdo no aceptar la realidad y permanecer en el coche como si nada hubiese ocurrido. Simplemente, podríamos pasar el resto de nuestra vida allí que el auto no se movería. La gran mayoría de nosotros, con mayor o menor perturbación, acepta esta realidad, la comprende y actúa por ejemplo llamando a una grúa.
Veamos ahora otro ejemplo. Imaginemos ese mismo vendedor que tras llegar dos horas tarde a su trabajo es llamado por su jefe a su despacho para explicar la disminución de las ventas en su área de trabajo. Aquí la cosa cambia, en el mundo occidental tendemos a considerar los errores propios como indicador de poca valía, en lugar de una fuente de aprendizaje. Probablemente, nuestro vendedor focalizará todo su esfuerzo en listar un compendio de excusas ajenas a su desempeño para justificar el mal rendimiento. Aceptar la realidad, como en el coche que se avería, no consiste en quedarse inmóvil dentro del auto excusándose en que es el mundo el que no avanza, sino en reconocer la situación, comprenderla y adoptar nuevas estrategias para incrementar las ventas. Si no acepto, no cambio. Y si no cambio no hay nuevas ventas.
En conclusión, los pobres emocionales, focalizamos nuestros esfuerzos en luchar con la realidad, en encontrar excusas o culpables para que las cosas no sean como a nosotros nos gustaría que fueran y como consecuencia nada cambia y los resultados se perpetúan. En cambio, cuando acepto la realidad, cuando vivo enamorado de lo que me sucede porque comprendo que la vida es como es, puedo diseñar estrategias alternativas que al menos me permitan aumentar la probabilidad de cambiar los resultados. La actitud inteligente consiste no en luchar contra lo que es, sino en cambiar mis estrategias dado lo que ha sido. Aceptar la realidad constituye la base de la salud emocional.

Reflexión
Y tú…¿aceptas la realidad especialmente en aquello que cuestiona tu valía? ¿orientas tus esfuerzos a justificar y victimizar o a comprender y cambiar? ¿qué resultados cosechas cuando adoptas una u otra estrategia?

Para Saber más

Existen numerosos recursos en la actualidad relacionados con la “Aceptación”, especialmente prolijos en el campo de la psicología clínica. Sin embargo, por su cercanía y empatía os recomiendo un video de BorjaVilaseca para seguir profundizando en la aceptación como herramienta de cambio y crecimiento, “Cómo dejar de sufrir a través de laaceptación”.

1 comentario:

  1. No puedo cambiar lo que ocurre pero si como lo interpreto...
    Como decian... Menos " es ques" y mas " hay ques".
    Gracias David

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